¡HEMOS LLEGADO! Una entrevista con Marcel Dzama

Exposición de Marcel Dzama en La Casa Encendida. Sala A: lo primero que llama la atención es un inmenso mural pintado por el artista en los días previos a la inauguración.

Parece un papel de pared algo pesadillesco, abigarrado de figuras mitológicas y zodiacales. Unos ojos vigilan desde la espesura. En una esquina, una figura femenina rasga la trama guiando a unas dispuestas revolucionarias en el momento crítico del asalto. Las llamas alcanzan el papel. 

En el resto de la sala, los dibujos más recientes mantienen el elenco carnavalesco propio de Marcel Dzama (Winnipeg, 1974), en quien laten reminiscencias de Goya, Picabia, Ernst o Rops. Y sin embargo, algo ha cambiado con respecto a sus dibujos anteriores, que también podemos ver en la pequeña estancia contigua. Ahora muchas de las figuras empuñan armas y el ambiente cerrado de cabaret o de circo ha adquirido tintes bélicos.

Su exposición se llama Drawing on a Revolution. ¿Hay una revolución en marcha?

Bueno, creo que la llegada de la administración Trump ha conseguido inspirar en mucha gente la idea de que debemos hacer algo si queremos seguir avanzando en lugar de retroceder. Especialmente desde la marcha de las Mujeres, que significó el comienzo de algo diferente a la desesperanza sin más.

Por eso el lema de alguno de los dibujos es “La revolución será femenina”…

Sí. Mi mujer participó en la marcha, en Washington. Hicimos algunas pancartas, y ese fue uno de los lemas. Luego me dije “voy a hacer un dibujo”, y de ahí viene.

¿Cree que en los Estados Unidos y en Canadá la gente está ahora más concienciada, y más deseosa de intervenir en la vida política?

Sí, antes de todo esto la gente era más apática, estaba menos implicada en los procesos electorales. Ahora la gente se ha dado cuenta de que las cosas no mejoran por sí solas, a menos que tú hagas algo a favor.

¿Cuál cree que es el papel del artista en la revolución, tanto en su caso como en general?

Cada artista es diferente. Yo plasmo lo que pienso, lo que me viene a la mente, los temas de mis conversaciones con los demás, con mis amigos, con mi mujer. En mi caso no es que me haya propuesto hacer una obra política. Tiene más que ver con mi imaginación, que es algo extraña.

Me limito a dibujar lo que me pasa por la cabeza. Si es que hay que buscar un mensaje, sería el de que hay que mantener la esperanza, forzar un cambio a mejor.

El personaje del bufón es recurrente en su obra. ¿Quién cree que cumple este papel hoy en día? El bufón era aquel que señalaba lo grotesco, pero a medida que hablaba con usted me he dado cuenta de que Donald Trump, que en otro mundo sería el rey que es señalado por el bufón…

¡Cumple los dos papeles! Sí, esa es su posición.

Entonces ¿quién cree que está desempeñando ese papel?

Sí, tiene razón, él desempeña los dos papeles. En cierto modo, él es como un personaje de dibujos animados. Hace muchos planes pero resulta de lo más ridículo. Es como si se estuviese burlando de sí mismo, pero la manera en que lo hace es tan simplona. La mayor parte de la gente sabe que es ridículo. Se trata de una persona tan narcisista que necesita llegar a todas partes, tocarlo todo. Sí. Es una gran observación, él es las dos figuras.

Su trabajo está lleno de referencias evidentes a las vanguardias europeas, pero también tiene un aire muy evidente a la Edad Media, con el bufón, el ajedrez, los disfraces, las máscaras, los monstruos, el Carnaval. ¿Le parece que nuestra época se parece a la Edad Media?

También tiene que ver con Trump. Alguien me dijo que a Trump habría que hacerle rey y despojarle de todo el poder. Todo lo que necesita es atención.

Ya, un manto…

Una alfombra roja…Sí, es como si estuviésemos retrocediendo en el tiempo.

 

Sala B: 30 televisores reproducen en bucle la pieza de 2011 Death Disco Dance, una coreografía al aire libre con bailarines vestidos de blanco y negro. Hay también gran cantidad de dioramas poblados de siluetas con antifaces, danzarinas, y un carrusel de marionetas metálicas cuyo giro (y crujido) se ve periódicamente interrumpido por unos topes colocados en la base. La puesta en escena de los dibujos ha saltado a las tres dimensiones.

¿Cómo ha evolucionado su trabajo? Parece que sus personajes tienden a establecer relaciones más complejas, pasan del abigarramiento de los dibujos al ballet y por fin a la partida de ajedrez (como en Un danse des bouffons, que se proyecta en la sala C).

Tengo ciertas obsesiones que emergen en los dibujos, a veces se orientan hacia el ajedrez, o hacia el baile, hacia el ballet. Cuando llegué a Nueva York la mayor parte de los dibujos que hacía eran muy claustrofóbicos. Yo venía de Winnipeg y empecé a sentirme muy “rodeado”. De modo que comencé a dibujar muchos personajes, y encontré que una manera de disponerlos era como en una ópera o en un ballet. Luego comencé a leer revistas sobre ballet y comencé a dibujar muchas escenas de ballet y grandes escenarios. Un coreográfo del New York City Ballet [Justin Peck] me propuso preparar un montaje a medias, así que me encargué de los figurines y los decorados de The Most Incredible Thing, basado en un cuento de Andersen. Hay un destructor y hay un creador, y una mujer que se quiere casar. El destructor destruye el arte del creador, pero el arte vuelve a la vida y destruye al destructor. Estos son algunos de los bocetos para aquel ballet, algunas ideas en papel.

¿Le interesa el Art Brut, el arte marginal? 

Sí, me gusta el estilo, el Outsider Art, aunque ningún artista en particular. Crecí dibujando cómics. Cuando tenía unos diez o doce años dibujaba cómics y los vendía en una tienda. Aquello fue antes de las fotocopias, así que eran los dibujos originales. Bueno, no es que no se hubiesen inventado las fotocopiadoras, pero era tan caro…

 

Sala C: se proyecta la película Une danse des bouffons, un mediometraje en blanco y negro que recuerda a otros artistas de vanguardia como Marcel Duchamp, Jean Cocteau o Georges Franju. Animales semihumanos, ajedrez, magia, máscaras y Kim Gordon, de Sonic Youth, en uno de los papeles protagonistas.

Hizo usted una película que se llama The Lotus Eaters, lo que nos lleva tan lejos como a la Odisea, y a una de sus colaboraciones con Pettibon la llamaron Let us compare mythologies, como el libro de Leonard Cohen, e incluso los títulos de las obras parecen versos en sí mismos, rescatados de poemas más largos. ¿Qué relación hay entre su trabajo y la literatura? 

Leo mucha poesía. Y escribo mucha poesía mala. También escribo música, así que cada vez que termino un dibujo y me recuerda vagamente a un verso de un poema o de una canción, lo utilizo. Normalmente es el dibujo el que viene antes, aunque alguna vez he leído algo que me ha sugerido un dibujo posterior.

¿Qué clase de poesía lee?

Leo a Lorca, me gusta mucho. Leo mucho a Shakespeare. Sé que hay mucha gente que no lo tiene tan en cuenta como poeta…

En el catálogo, Pettibon lo compara con William Blake.

Ah, sí. Me encanta William Blake, especialmente sus grabados.

¿Cómo ha sido el trabajo con Kim Gordon? ¿Por qué la eligió?

Maravilloso. Somos amigos. Cuando escribí la película, buscaba un personaje femenino fuerte. A ella la sigo desde mi adolescencia. La verdad es que no creí que fuese a aceptar, así que también le hice una prueba a otra persona que también acabó apareciendo. Es un personaje extraño, que se transforma en otro.

Esta es una pregunta que me ha venido a la mente mientras paseaba por la exposición. ¿Son símbolos sus dibujos?

A veces hay algún simbolismo en ellos. La mayor parte de las veces está muy claro cuando un personaje simboliza algo en un dibujo, pero si lo vuelvo a utilizar en otro, no necesariamente significará lo mismo. Va cambiando.

Como en los sueños.

Como en los sueños, sí, el mecanismo es muy similar al del sueño. Es muy parecido al surrealismo o al Dadá.

¿Está interesado en el mundo onírico y del inconsciente? 

 Saco muchas ideas para mis dibujos justo antes de caer dormido.

Llevo conmigo un cuaderno en el que apunto las ideas sin filtrar, cuando estoy mitad despierto, mitad dormido.

Para finalizar, ¿trabaja a diario? 

Prácticamente sí. Bueno, no tanto. Ahora tengo un hijo así que a veces me doy el día libre. Pero normalmente prefiero… bueno, qué va. Lo que prefiero es estar con mi hijo.

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