SWEET o Los límites de la abundancia

El programa En familia abre el año con Sweet, una pieza para niños y mayores que lidia con la abundancia, el deseo y la saciedad, y que puede tomarse como metáfora, pero también como una coreografía y una puesta en escena extremas e impecables (aunque acabe con desparrame de sirope).

El escenario donde se representa Sweet es un ring alrededor del cual se sienta el público: los niños en la primera fila y en la segunda los adultos que los acompañan a ver esta pieza escénica desarrollada por Aitana Cordero e interpretada por ella y por Quim Bigas. El escenario está limpio y vacío, rodeado sólo por colgaduras de dulces (barquillos, piruletas, gominolas), como adornos suavemente iluminados, que colgados del hilo de nailon parecen flotar en un ensueño azucarado).

─Mamá, ¿van a caer chuches?─, se gira una niña.

Una mujer y un hombre, vestidos con polo y vaqueros, se colocan en sendas esquinas y sacan de una bolsa esos collares elásticos hechos de caramelos, muchísimos. Un murmullo expectante recorre las butacas: “¡Son chuches!”. El joven público sigue con muchísima atención el destino de esos dulces que desea apasionadamente. Hay un leve desconcierto al comprobar que no se van a comer y disfrutar sin más, como sería lo natural ante tanta abundancia, sino que los intérpretes se los colocan con parsimonia en la cabeza hasta formar con ellos una máscara que los ciega. Una secuencia tan sencilla provoca más curiosidad aún, como es evidente en la expresión de los niños, pendientes como si les estuviesen contando un cuento fascinante. Esto es sólo un anticipo: a partir de ahí, los intérpretes irán subiendo a escena todo tipo de golosinas, en cantidades de cumpleaños multitudinario: bolsas de nubes, gominolas, y un gran huevo de chocolate que funciona como un tótem y que en su sencillez atrapa la atención desde el escenario.

Pero están pasando muchas cosas más, y pasan a toda velocidad. Los intérpretes juegan con cada uno de los dulces, estiran con atención las tiras de regaliz con picapica para comprobar su longitud, sacan las piruletas del envoltorio para probar su sabor, y hay en ellos algo de mimo que se va empapando de todo el azúcar circundante, y la acción se acelera por el azúcar y la melaza y por la cantidad inabarcable, incomible, de tantas chucherías. Los niños siguen mesmerizados, a veces se ríen: es algo grotesco ver a unos adultos tan entregados a lo que es un patrimonio de la infancia, ¿no? A veces se acuerdan de que han ido con sus padres y se giran para comprobar con qué cara asisten a este espectáculo o para preguntarles algo.

─¿Y por qué ellos comen y comen?

Sweet es un espectáculo chocante y excesivo como un atracón, pero es profundamente respetuoso con los niños, pues no trata de convencerlos de nada. Algo crucial de esta pieza es que no parece tener intención aleccionadora: no es la escenificación de la advertencia de que si comemos muchos dulces se nos llenarán los dientes de caries. Que cada cual, tenga ocho años o cincuenta, saque su conclusión: aquí los niños han venido a ver una pieza que tiene que ver con algo que les interesa vivamente (¡las chuches!) y forma parte de su mundo, algo en lo que, como en la mayor parte de las cosas, están vendidos a los adultos, de los que dependen para el suministro de caramelos. Pero en el transcurso de los cincuenta minutos que dura la representación algunos quizá hayan pasado del deseo elemental de comerse unas chocolatinas a la intuición de misterios que tienen que ver con ellos mismos. ¿La grande bouffe de los niños?

Sweet, de Aitana Cordero, se representa hasta el 5 de enero en el Patio de La Casa Encendida. Entradas aquí.

Lo que traerá 2018

Anterior

Lo que traerá 2018
DIS en La Casa Encendida

Siguiente

DIS en La Casa Encendida

Apúntate a la newsletter de La Casa Encendida

Suscribirse