¿Y si el amor pudiera acabar con el patriarcado?

Cuando Lidia Falcón le preguntó a Kate Millet en una entrevista qué significaba para ella el amor, en su respuesta indicó algo fundamental: «Tal vez no se trate de que el amor en sí sea malo, sino de la manera en que se empleó para engatusar a la mujer y hacerla dependiente, en todos los sentidos».

El amor se ha empleado con unos fines muy particulares, generalmente nocivos, a lo largo de la historia, y las instituciones, iglesias y demás poderes no se han quedado atrás en el momento de generar convenciones, prohibiciones y prescripciones alrededor de él.

Lo que resulta especialmente llamativo es la incomodidad de ciertas instituciones hacia el amor, la necesidad imperante e imperiosa de someter a través de un discurso –y esta dimensión de lenguaje no es ni mucho menos insignificante– algo que escapa de esa lógica de la dominación. Las protagonistas de Las margaritas (Vera Chytilová, 1966), película que puede verse en la exposición Un amor salvaje que arruina nuestra paz en La Casa Encendida hasta el 1 de septiembre, representan en cierto modo este amor que un sistema como el patriarcal, absolutamente falocéntrico, pretende atrapar pero fracasa en el intento.

Como comisario de la exposición –una de las tres seleccionadas en la convocatoria Inéditos, me pareció ver en esta película algo que Nancy Fraser se ha dedicado a pensar en los últimos años y que tiene que ver con reconocer al movimiento feminista a partir de las luchas contra las formas del estatus de desigualdad ligadas a los términos de género. En la película de Chytilová se atacan frontalmente las situaciones de privilegio, y un privilegio que suele ser alimentado y promovido por un régimen patriarcal. La forma en la que se presenta al hombre en las relaciones afectivas, de clase, en la relaciones en el ámbito de la política institucional, responde a una experiencia directa de un sistema opresor del cual estos hombres tantas veces son / somos cómplices. Pareciera que ante esa violencia que se ejerce desde una posición de dominación, sólo se pudiera hacerle frente mediante la violencia, mediante un lenguaje que ese poder conoce. En una mezcla de infantilismo y un cinismo digno de los personajes de Paul Verhoeven, las dos protagonistas de Las margaritas se proponen destruir precisamente lo que destruye. Como ha dicho repetidas veces Silvia Federici, acabar con la violencia contra las mujeres es acabar con el capitalismo que la promueve y en la película, independientemente del régimen político del momento, las protagonistas tienen claras cuáles son las conductas que se desprenden hacia ellas por el mero hecho de ser mujeres y, por supuesto, no están dispuestas a ser condescendientes en ese proyecto destructor.

Es cierto que, al final de la película, la directora no se muestra muy esperanzada con la resolución del proyecto de las protagonistas y parece sugerir que, para que se produzca un cambio efectivo, las luchas no pueden ir tan sólo en esa dirección. Sin embargo, durante toda la película, a través del humor y un tono festivo, Chytilová parece darnos a entender lo importante y valioso que es combatir desde lo cotidiano, compartir las experiencias pero sobre todo juntar nuestras vidas para luchar contra contra una lógica que degrada y humilla a las mujeres y que ejerce una violencia constante hacia ellas. Porque aquí surge uno de los puntos clave que revela esta película: es hacia lo femenino que se ejerce la violencia, hacia lo que se dedican energías a someter y dominar porque es lo femenino lo que introduce la diferencia en un sistema que sólo se encuentra a gusto entre la homogeneidad. Si es absurdo hablar de violencia doméstica, violencia intrafamiliar, u otros sintagmas igual de obscenos, es porque esa violencia hacia las mujeres es estructural. Pensar el amor teniendo esto presente es pensar un nuevo vínculo entre sujetos que no renuncian a la diferencia, que no imponen al otro la imagen que se querría tener de él, un amor que no experimenta rechazo al “héteros” como si fuera una excepción amenazante (y aquí estarían incluidas las mujeres pero también migrantes, disidentes de género, orientaciones sexuales más allá de la heteronormatividad, etc.). La película de Las margaritas no podría expresarlo mejor: no hay una escena que las protagonistas compartan con un macho en la que éste no quiera someterlas o controlarlas. Que estas mujeres puedan expresar y seguir sus deseos, que puedan tener una voluntad propia es experimentado por estos machos como una verdadera amenaza.

En realidad, todo ello nos conduce de lleno a la forma que tiene Marguerite Duras de pensar el amor: en El mal de la muerte (1982) el hombre no reconoce esa alteridad absoluta que es el cuerpo femenino porque éste no piensa un amor basado en lo heterogéneo sino en la igualdad (y esto no se limita ni mucho menos a la orientación sexual). Si leemos a Marguerite Duras nos encontraremos que el amor no responde a un orden establecido, a una legalidad ya dada, sino que es imprescindible que surja de una alteridad radical, una imposibilidad de la relación sexual entendida en el sentido lacaniano, que descomponga la lógica del todo fálico. El amor, por tanto, como las protagonistas de Las margaritas, es un fallo, un error en un universo aparentemente estable, algo que ocurre sin quererlo y que, por ello, se experimenta como caótico e incluso angustioso. Un amor de estas características, no como plenitud sino como experiencia de una cierta falta, puede dar lugar a una manera distinta de estar y de relacionarnos en el mundo, acabando con ideales que arrasan con lo singular y haciendo presente que el amor sólo puede existir en la diferencia, en el encuentro con un tú.

Blanes, julio de 2019

Escrito por Sergi Álvarez Riosalido, comisario de la exposición Un amor salvaje que arruina nuestra paz de la convocatoria Inéditos de Fundación Montemadrid.

 

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