La obra y el mercado. Encuentros entre artistas

“Una nueva ocasión para tomar contacto con el arte contemporáneo y sus protagonistas desde la libertad de una cita sin formato establecido”, anuncia el programa. “Nosotros somos la chimenea”, bromean Ana de Fontecha, Sandra Gamarra y Fernando Sánchez Castillo. Están frente a un público de una docena de personas que a medida que transcurra la sesión se irá triplicando.

Participan en el programa Chimenea, que en dos o tres citas al mes reúne a tres artistas para que hablen de su trabajo, o de lo que quieran en el fondo, y mantengan con el público una charla imprevisible, como se da alrededor de un fuego o de un paquete de tabaco. Las sesiones se suelen celebrar en la Terraza, pero, como estos días llueve y hace frío y viento, la conversación se ha trasladado a un aula y los tres artistas parecen alumnos a los que se va a examinar, sentados tras la mesa del profesor. Son las dos cosas a la vez, como una autoridad puesta a prueba.

La formación

Empiezan con un recuerdo a su formación. Sánchez Castillo (1970) habla de la facultad (“fue como Vietnam”). Tanto él como De Fontecha (1990) estudiaron en la Facultad de Madrid, aunque, como se llevan 20 años, sus experiencias no tienen nada que ver. La formación de él, ya lo ha anunciado, fue un continuo sálvese quien pueda. Se apuntaba con avidez a los cursos del Círculo de Bellas Artes, porque apenas había lugares donde aprender algo más. En clase no les daban ni bibliografía. El Reina Sofía acababa de abrir y con centros como La Casa Encendida ni se soñaba. Aunque la mayor diferencia que encuentra es el acceso a internet, y que las generaciones más jóvenes son más cultas y han viajado, aunque más adelante veremos si dichos jóvenes notan esas supuestas ventajas. Sandra Gamarra (1972) estudió en Lima y recuerda un sentimiento de optimismo entre los estudiantes que se licenciaron por aquel entonces. Perú estaba saliendo de tres lustros muy conflictivos y parecía que todo podía empezar de nuevo. Las cosas estaban por inventar; desde luego, una situación muy diferente a la actual. Confiesa que ahora tiene la sensación de que las cosas, que están mal, aún pueden empeorar. Y cuenta que se siente una privilegiada, los tres lo son, que ya el hecho de estar allí hablando de su trabajo lo demuestra.

Ana de Fontecha ha traído algunas fotos de su trabajo para enseñarlas. Explica que trabaja sobre un momento de un objeto, le interesa cómo se construye todo a partir de las medidas. Defiende su obra como menos formal de lo que parece y, mientras muestra algunas fotos de su estudio, dice que son prácticas, juegos cambiantes, que ahora son así y más tarde serán de otra manera. Menciona que está estudiando el bargueño, tanto como objeto en sí como en su lugar inserto en la historia. La exposición de su trabajo desplaza la conversación hacia la práctica artística. Sánchez Castillo tantea: “No sé si soy un artista, o no sé cuál es el valor del artista hoy en día”. Para Gamarra, el arte es una creación occidental, y no es algo natural sino una construcción, aunque la necesidad de las imágenes es algo humano, y Sánchez Castillo matiza que lo que es occidental es el canon. Pero Occidente relaciona la imagen con la verdad, y es ahí donde patina. Se menciona que la composición de la imagen ha dejado de ser una prerrogativa de los artistas. Sánchez Castillo cita entonces a un compañero de estudios: “Tú sabes hacer que algo parezca arte, pero eso no significa que sea arte”. Esto trae a colación los artistas verdaderos que son neutralizados, aquellos a los que nadie se atreve a exponer, lo que es interesante, puesto que rescata del terreno mítico a la figura del artista incomprendido. Más adelante volverán al artista “peligroso” y al artista “genuino”. En todo caso, estamos ya en el debate de lo que es arte y lo que no, lo que se reconoce como tal y lo que no. No es que se insinúe, sino que se declara que los críticos no saben de arte.

Aunque se trate de una conversación saltarina y no de una tesis, hay temas clásicos que acaban por ser el eje de la conversación.  Cuando Sánchez Castillo confiesa no saber si en su caso la formalidad es una excusa para ocultar otras cuestiones que ya están formalizadas, ni si la práctica acaba siendo un juego que entretiene mucho, Ana de Fontecha replica que la ironía puede desmantelar esa formalidad. Hay una parafernalia fijada, la colocación física, la discusión de si algo es arte o no: existe un discurso al que hay que acceder, aun cuando el objetivo sea desbaratarlo. Gamarra menciona el empeño occidental en traducir unas manifestaciones artísticas que provienen de otro tipo de lógica. Toda esta parte de la charla gira en torno al encasillamiento, la clasificación, trampas en las que parece difícil no caer y que forman parte del desarrollo del arte. Todo esto nos habla de una cristalización de la expresión artística, y apunta a la vieja imagen de los caminos no trillados que debe recorrer el artista, por eso Sánchez Castillo se pregunta en qué momento una voz o un acento determinado hace que las cosas cambien.

La empresa

Aparece la figura del artista que busca la sinergia social, en uno u otro sentido. Es famosa la obra de Sánchez Castillo Síndrome de Guernica. El Azor, el barco de Franco, pasó por varias manos antes de que el dueño de un asador lo varase en mitad de Burgos. Sánchez Castillo se incorporó a las tan metafóricas como muy físicas peripecias del barco del dictador cuando lo compró a precio de chatarra para compactarlo en varios bloques que siguen exponiéndose. Informa de que nunca ha tenido un problema por esta obra, mientras todo el mundo recuerda famosos escándalos en recientes ediciones de Arco. Los artistas saben lo que están haciendo. Así se pasa a hablar de los que entran en el juego de la opinión de los demás y de los medios. A Sandra Gamarra le parece bien y legítimo, siempre que se tenga el coraje para meterte en eso.

Entonces qué pasa con el artista como empresa. Está muy bien de la charla que cada cosa de la que hablan tiene los dos sentidos, el literal y el metafórico. Parece que tal y como están las cosas, la última posibilidad que tiene el artista de resistir es funcionar como empresa, en un movimiento en el cual los galeristas actuarían como testaferros de los intereses del artista vivo. Sánchez Castillo menciona el documental sobre Vivienne Westwood (Punk, Icon, Activist) que se estrenó el día anterior en el Festival de Cine de Mujeres, donde lo que más llama la atención es la incapacidad de la diseñadora por comprender las exigencias del capitalismo avanzado. No hay manera de seguir con la empresa a una escala familiar: o creces o desapareces. Sandra Gamarra confirma esa tendencia: desde hace unos diez años, los artistas no pueden elegir quedarse en un espacio dado, con unos precios medios. O subes los precios o te hundes. Esto tiene que ver, añade, con lo que pasa en la economía en general: los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, y lo que solía haber en medio está desapareciendo. Añade que el sistema te obliga a incorporar una lógica empresarial, lo que hace que se te disparen los precios y en consecuencia que dejes de vender. Concluyen que la única manera de ser un poco libre es o bien disfrutar de una economía saneada o montártelo como empresa.

La libertad

Cuando hablan de empresa no se refieren sólo a la actitud sino a la infraestructura administrativa, pues, como hasta ahora, todos los sentidos son dobles y funcionan como tales. En este punto alguien del público pregunta si es necesario entrar en la guerra de precios y en el circuito de galerías para considerarse artista. Sandra Gamarra explica que no es que tengas que ganar dinero para ser artista, sino que más bien el dinero es la representación del tiempo que inviertes en tu trabajo. Aunque la libertad creativa es un mito romántico, apunta Sánchez Castillo. ¿Hasta qué punto entonces es necesaria la verificación social? Eso depende de la personalidad de cada uno, responde también él. Es curioso que aun hablando en términos tan funcionales asomen pasiones tan románticas como la fe en uno mismo contra el mundo. Como ejemplo de que se puede trabajar de maneras muy diferentes se menciona a Rubens, con su gran taller, que era una máquina productiva, y a Vermeer, que trabajaba solo y que dejó muy pocos cuadros, pero De Fontecha interviene para devolver el asunto a términos más imperativos en esta época. Los jóvenes artistas están a otra cosa, por ejemplo, a ver si algún día algo te lo puedes gastar en algo que no sea producción. Le suena lejano lo de la empresa. Incluso llegar a vivir de lo que hace sería ya una sorpresa. Ella y otros compañeros echan en falta más tiempo para dedicar a trabajar en su obra. “Mi generación se ha educado en una idea distinta”, explica. Han vivido en la crisis total. Uno de los asistentes confirma que su preocupación y la de sus amigos es tener tiempo para ir al estudio.

El artista en el mundo

El público se interesa por los trabajos alternativos de los artistas. Sandra Gamarra cuenta que por suerte lleva mucho tiempo viviendo sólo del arte, pero que ha sido secretaria, profesora de dibujo y que pintaba murales decorativos en las casas pijas de Lima. Ana de Fontecha trabaja en una tienda, ha trabajado en la oficina de una tienda y ha sido camarera. Fernando Sánchez Castillo dice que no le gusta la idea de ser profesor de arte, porque cobrar por transmitir lo que puede contar tomando un café le parece de una moral dudosa.

¿Y qué hay de trabajar entre artistas? Gamarra explica que ella siempre está trabajando con imágenes de otros, lo cual puede ser una forma de camuflarse. Esta observación les lleva a hablar del peso del nombre, y otra vez aquí se dividen los sentidos: por un lado están el prestigio y el renombre, pero por otro la inercia de repetir la propia obra, como si el artista no pudiese librarse de su identidad. La tensión entre los dobles sentidos hace avanzar la conversación y la hace muy rica. Sánchez Castillo explica que siempre se ha manejado en las aguas de la indefinición, y que el privilegio del reconocimiento incapacita para ser un francotirador. Planea de nuevo el fantasma de la obra maestra desconocida y es una nueva vuelta de tuerca a las consecuencias de la asimilación pública que se habían apuntado antes. Cuando Sánchez Castillo dice que él se siente un artista de los años 30, que trabaja en parte para poder hacer lo que sus padres no hicieron, por el exilio y el destrozo del 39, y que de aquellos polvos estos lodos, el encuentro está a punto de acabar.

Y concluye: “Uno tiene el derecho de vivir en diferido”.

El programa Chimenea continúa con el encuentro entre Elvira Amor, Guillermo Mora y Miki Leal, que tendrá lugar el 18 de abril a las siete de la tarde.

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