“La única renuncia es la renuncia a la dominación”. Entrevista a Adrián Almazán

El ciclo de investigación y debate Ecosocialismo descalzo aborda la revisión de algunos conceptos y modelos con el fin de ajustar nuestros ideales socioeconómicos a las urgencias ecológicas que si no se atienden pueden acabar haciendo del mundo un lugar insoportable, invivible o sin sentido.

El 15 y el 16 de junio Jorge Riechmann, Adrián Almazán, Emilio Santiago Muíño y Carmen Madorrán, que forman parte del Instituto Universitario de Derechos Humanos, Cultura de Paz y no Violencia (DEMOS-PAZ, UAM) y del Grupo de Investigación Transdisciplinar sobre Transiciones Socio-ecológicas (GinTRANS2), proponen unas jornadas dedicadas a la investigación y al debate sobre los modelos ecosocialistas actuales y posibles.

La ponencia de Adrián Almazán versará sobre ‘La actualidad del ecologismo como propuesta de autonomía’. Almazán es licenciado en Ciencias Físicas por la UAM, miembro del consejo editorial de la revista Cul de Sac, del colectivo editor de Ediciones el Salmón y del colectivo La Torna, y actualmente trabaja en un doctorado en filosofía en torno a las relaciones tecnología-política, en particular en la obra de Cornelius Castoriadis. Aquí avanza algunas de las cuestiones que se tratarán en los encuentros.

 

               «Tout a été déjà dit. Tout est toujours à

               redire. Ce fait massif, à lui seul, pourrait

               conduire à désespérer. L’humanité

               semblerait sourde; elle l’est, pour

               l’essentiel»[1].

 

               Le monde morcelé, Cornelius Castoriadis

 

¿De qué manera puede ser el ecologismo una vía para la autonomía?

Quizá el que sintetizó mejor la respuesta a tu pregunta fue Cornelius Castoriadis. En una entrevista de 1992 para la revista Nouvel Observateur afirmaba que «la ecología es subversiva porque cuestiona el imaginario capitalista que domina el planeta»[2].

Sin duda es cierto que en el momento de su aparición y eclosión en la década de los sesenta, la ecología (más bien diríamos el ecologismo) puso en cuestión casi todo. En su ejercicio de situar en el centro la idea de límite y la idea de una destrucción indisociablemente unida a toda producción (algunos incluso añadían, una destrucción no previsible e inevitable) hizo que se tambalearan algunos de los pilares ideológicos básicos de las sociedades occidentales.

Es el caso de la idea de progreso, en particular la identificación entre progreso técnico y progreso moral. O también la ilusión de control de unas sociedades occidentales que pretendían haber dado con la clave de la mejora social (el tándem desarrollo más democracia liberal) y se disponían a extenderlo al resto del mundo.

Fue así como el ecologismo abrió la puerta a plantear una práctica política radical que fuera más allá de la dicotomía comunismo-capitalismo y de la querella sobre la propiedad privada o la justicia social. La cuestión no era quién sería el propietario de la infraestructura técnica y social que generaba la “riqueza”. Tampoco cómo repartirla equitativamente. El aporte clave del ecologismo, junto con otros movimientos políticos del momento, fue precisamente el señalar que el problema era la infraestructura técnica y social en sí, el mundo industrial. Éste era el responsable de la alienación generalizada en la vida individual y social, además del destructor de nuestra relación con la tierra y de la tierra misma.

Precisamente desde esta constatación el ecologismo abrió una vía fecunda para la construcción de autonomía a muchos niveles. Autonomía cultural y simbólica en su denuncia de la ideología del progreso y del productivismo compartido por los defensores del sistema y sus opositores. El ecologismo planteó la necesidad de repensar nuestra manera de entender la historia y trabajó por romper la idea de que la naturaleza es un simple objeto que podemos explotar y modificar a nuestro antojo. Es en ese sentido en que su idea fuerza a nivel filosófico fue la de límite, en este caso expresada en la interdependencia (el ser humano como intrínsecamente frágil y dependiente de los otros humanos) y la ecodependencia (el ser humano como animal que integra la compleja red de relaciones que forma la bioesfera y, en ese sentido, es dependiente de ella) como características clave de todo ser y grupo humano. De lo anterior se derivaba también la necesidad de un cambio de valores y de replantear aquello que las sociedades industriales habían convertido en necesidades básicas.

PanaTomix

Pero la lucha contra la alienación del mundo industrial implicaba también la construcción de una autonomía política radical. Si el Estado había sido uno de los principales responsables de la génesis y la construcción del mundo industrial, era necesario recuperar también el límite en lo político. La reivindicación de la democracia directa a pequeña escala se convertía en un instrumento fundamental para luchar contra la dominación de las burocracias. La autonomía política se entendía justamente como la posibilidad de practicar el ejercicio de la democracia como autolimitación colectiva, el ejercicio de una responsabilidad radical frente a la dominación impersonal del mundo moderno.

Por último, el ecologismo supuso la constatación innegable de la existencia de límites materiales al desarrollo de las sociedades industriales. La evidente destrucción que estaba infligiendo la extensión de la sociedad industrial puso sobre la mesa la posibilidad de recuperar métodos productivos a pequeña escala y modos de vida más apegados a la tierra. Es decir, la construcción de una autonomía material y económica en el mundo rural que se opusiera a la dependencia y la expropiación generalizada que había supuesto y sigue suponiendo hoy la vida en las ciudades.

Creo que hoy todo lo anterior sigue más vigente que nunca. Más incluso si tenemos en cuenta que el ecologismo que fue germen de un proyecto de autonomía naufragó en gran medida sin nunca llegar a alcanzar la hegemonía política y social que habría merecido, lo que ha hecho que la situación empeore dramáticamente en casi todos los aspectos. Hoy sería mucho más difícil proferir una opinión tan optimista y contundente como la de Castoriadis sin ocuparse previamente de describir con mucho detalle qué entendemos por ecologismo y sin ser muy consciente de lo minoritaria que es una postura como la que describía un poco más arriba.

Uno tiene a veces la sensación de encontrarse casi en la casilla de salida, o incluso un poco más atrás en algunos aspectos. La integración de un discurso ecologista deflacionado y cosmético en las instituciones estatales y la generalización en el mundo de la empresa del conocido como capitalismo verde ha generado mucha confusión. Es por ello más urgente que nunca reivindicar la naturaleza profundamente política del ecologismo y trabajar para que deje de ser la semilla de un proyecto de autonomía y se convierta en brote vigoroso.

¿Qué tradición filosófica está detrás de lo que va a tratarse en el ciclo Ecosocialismo descalzo?

Esta es una pregunta un tanto compleja, sobre todo por lo heterodoxo y variado de las trayectorias e influencias de las personas que vamos a integrar dicho ciclo. En cualquier caso, creo que no me equivoco al afirmar que los cuatro estaríamos de acuerdo en  sentirnos parte de la larga tradición filosófica que ha hecho suya, en algunos casos avant la lettre, la frase lapidaria de Marx en sus Tesis sobre Feuerbach: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo»[3].

Es decir, creo que los cuatro estamos de acuerdo en que el objetivo de nuestra reflexión es precisamente tratar de comprender el presente con el objetivo de poder transformarlo, o quizá más bien de contribuir a su transformación, en un sentido emancipatorio. Y por eso estamos convencidos de que es necesario trabajar en la construcción de un pensamiento multiescalar, preocupado por la totalidad y abierto en lo disciplinar. Ni la filosofía ni ninguna otra disciplina por sí sola tiene la capacidad de hacer un diagnóstico completo del presente. Es por ello que nuestra posición disciplinar no tiene más remedio que ser difusa y dar cabida al menos a los resultados de la filosofía, la economía, la ecología, la termodinámica, la sociología o la antropología.

Retrato de Simone Weil

En lo personal, yo me siento especialmente deudor de toda la tradición intelectual, política y filosófica que dedicó toda su energía a criticar la modernidad y la industrialización. Las filas de este antiproductivismo cuentan con representantes tan ilustres como los obreros ludditas ingleses, los integrantes del movimiento romántico, William Morris, Gustav Landauer, Jacques Ellul, Bernard Charbonneau, Lewis Mumford, Simone Weil, Walter Benjamin, Günther Anders o Lewis Mumford.

¿Qué vínculos tienen la filosofía y la física?

Me temo que esa pregunta tiene tantas respuestas como interpretaciones posibles de filosofía y física. Al fin y al cabo, ambos términos cuentan con una historia y una diversificación a su interior lo suficientemente amplia como para permitir respuestas de lo más variadas.

Como entiendo que la pregunta hace de algún modo referencia al quimerismo de mi formación, te daré una respuesta muy personal. El hilo conductor que ha unido la filosofía y la física en mi vida ha sido precisamente la pasión por el conocimiento de la realidad. El chaval de 18 años que entró en la Universidad y decidió estudiar física pretendía encontrar allí respuestas a sus preguntas sobre la naturaleza del Universo y del particular mundo que le había tocado vivir. Y cuando ese mismo chaval, ya más crecidito, decidió abandonar la física lo hizo desde el convencimiento de que en ella no iba a encontrar la respuesta a la pregunta que le llevó allí para aquello que más le preocupaba: las sociedades humanas.

Es más, aunque esto nos llevaría más lejos y no profundizaré mucho en ello, fue precisamente en la filosofía (que para mí es difícilmente separable de la política) en la que encontré la manera de poder interpretar con algo de distancia la labor que había desarrollado como físico, además de las herramientas para realizar una crítica al papel central que juega el entramado tecnocientífico en la dominación contemporánea.

¿A qué tenemos que renunciar para que la vida humana siga siendo no sólo posible sino digna para todo el mundo?

Si me permites el comentario, me preocupa mucho la expresión de vida digna. Creo que como pasa en el caso de muerte digna o trabajo digno, un término así puede servir como cajón de sastre para muchos escenarios diferentes, no todos deseables. Es por ello que personalmente prefiero hablar de una vida humana posible y libre (o mejor, autónoma). Hacerlo de este modo permite además conectar directamente esta pregunta con la del tipo de cambio que necesitaríamos para hacer frente a la crisis socioecológica que atravesamos a día de hoy.

Creo que no deberíamos incurrir en la hybris de pensar que podemos obtener un conocimiento completo y exhaustivo sobre el momento presente. Y menos en la hybris derivada y mucho más peligrosa de creer que somos capaces de prever con exactitud lo que va a suceder. Dicho eso, y haciendo hincapié en que creo que el futuro es hasta cierto punto un espacio abierto y que lo que ocurra dependerá de la confluencia contingente de multitud de factores, hay motivos para la inquietud.

Alan Grinberg

Todas las previsiones más documentadas anuncian que ante nosotros tenemos el horizonte previsible de una enorme transformación metabólica y biosférica (que en muchos sentidos lleva ya décadas en curso). La destrucción descontrolada de las sociedades industriales ha puesto en marcha procesos muy peligrosos, como el cambio climático o la pérdida masiva de biodiversidad. Eso por no hablar de la certeza de un horizonte de reducción de nuestro acceso a minerales, en particular a minerales energéticos (los famosos combustibles fósiles).

Y uno de nuestros grandes problemas como sociedades es precisamente que cerramos los ojos ante esta realidad. Nos parapetamos detrás de una mercadolatría y una tecnolatría que nos ciegan, como suele decir Jorge Riechmann. Mientras sigamos creyendo que la autorregulación del mercado o nuevos y aún desconocidos desarrollos tecnológicos son la solución a todos nuestros problemas estaremos cada vez más lejos de una vida posible y autónoma en nuestro pequeño planeta.

De modo que la primera cosa a la que tendríamos que renunciar sería a esta mitología, al autoengaño. Primera no en sentido cronológico ni necesariamente en orden de prioridad. Está claro que esta renuncia tiene que darse en paralelo a transformaciones materiales, sociales, económicas y políticas. Es más, estos cambios se tendrán que imbricar no sólo con la renuncia a nuestros paradigmas mitológicos, sino también con una transformación en nuestro deseo que haga a nuestros ojos posible una vida diferente a la que vivimos en la actualidad.

Algo que ha cambiado hasta un punto desalentador en estos últimos 50 años es que lo que en su momento se entendía como la construcción de un vida libre lejos de la alienación de la sociedad industrial hoy se conceptualiza como renuncia. ¿Renuncia a qué? ¿a la tiranía del consumo, a las enfermedades que aquejan nuestra psique en los espacios hostiles en que habitamos, a la precariedad generalizada, a las nocividades que nos rodean, a la deshumanización?

Sinceramente creo que la única renuncia es la renuncia a la dominación, y lo que tendríamos por delante de nosotros en caso de querer trabajar por ello sería más bien la posibilidad de una vida diferente. Evidentemente ésta tendría que adecuarse a un nivel de consumo muy inferior, pero que a cambio contaría para sí con la riqueza del tiempo, de las relaciones personales, del sentido, de la seguridad, de los cuidados. Si de verdad la oleada neoliberal ha estrechado tanto nuestra imaginación como para pensar que el mejor horizonte posible es la lucha por el mantenimiento del Estado del bienestar, es que algo va radicalmente mal.

¿El cambio necesario es posible solamente si se promueve desde el poder o debe surgir de la gente? ¿Qué valor tienen las iniciativas particulares y hasta dónde pueden llegar?

Con esta pregunta entras sin duda en lo que promete ser uno de los nudos fundamentales de la discusión que nos ocupará estos dos días en la Casa Encendida. De hecho es ya una de las discusiones internas que vertebran el libro que presentamos. Aquí van algunos apuntes y aproximaciones a una respuesta que, como casi todas, no tengo (y que además requeriría muchos más matices de los que el espacio permite).

Después de haber tratado de perfilar mínimamente en las preguntas anteriores a qué creo que se podría parecer ese “cambio necesario” del que hablas, salta a la vista que la magnitud de la transformación es enorme. Eso sin contar con que a los factores del deseo y la renuncia se uniría una evidente reacción, sin duda armada, del statu quo. Es peligrosamente inocente no contar con la previsible represión, con la violencia que cualquier iniciativa radical y masiva en la línea anteriormente perfilada suscitaría en el bando de los estados y las empresas. Ya sabemos lo que pasa cuando desaparecen los estados del bienestar sin un cambio tendente a la autonomía en la base: algo muy parecido al México de hoy. Y también sabemos lo que se hace en México con los muchos y muchas que se oponen…

Por eso es tan difícil albergar certezas sobre cuál es la estrategia a seguir y sus límites. Es más, como en cualquier transformación histórica, lo que pase pasará siempre de manera diversa, con muchas líneas simultáneas y paralelas y siguiendo estrategias también diferentes. Personalmente creo que el tipo de cambio que sería necesario en nuestras sociedades a día de hoy nunca podrá tomar la forma reducida de una iniciativa del poder. Y lo creo porque, como decía, gran parte del problema somos también nosotros y nuestras formas de vida, nuestras creencias y deseos. Y no se me ocurre cómo se podría cambiar eso desde el poder sino es a través de una suerte de imposición totalitaria.

Pero además, si atendemos a la experiencia histórica que tenemos detrás sobre el funcionamiento de los organismos burocráticos, creer que en algún momento éstos van a hacer bandera de la igualdad y la justicia es para mí muy difícil. En todas las experiencias históricas en las que ha existido un poder burocrático se han puesto en marcha dinámicas de opresión y captación de recursos y privilegios en favor de las clases dominantes. Es por ello que cuando discutía sobre la cuestión de la autonomía decía que necesitaremos también una autonomía política. Una democracia genuina en la que podamos construir y controlar nuestra propia institucionalidad.

No querría tampoco que se malinterpretaran mis palabras y se entendieran como una oda incondicional a las iniciativas particulares. Una de las estrategias de desarticulación del ecologismo como discurso político radical ha sido precisamente el convertir su programa en una suerte de opción de consumo ético. Al convertir la acción ecológica en una colección de gestos como el reciclaje o el ahorro energético, el marco ideológico del neoliberalismo ha creado la ilusión de que podríamos cambiarlo todo sin cambiar (prácticamente) nada.

Ruth Harnup

El problema de la crisis socioecológica es un problema político global, y sus tentativas de solución tienen que apelar de igual modo a lo colectivo. Eso, sin embargo, en mi opinión no se transforma en la postura habitual que piensa que ante este problema global la única instancia posible de solución son los organismos burocráticos internacionales. Si algo ha quedado demostrado estos últimos años es que en el mejor de los casos éstos se muestran impotentes, y en el peor son defensores activos del estado de cosas actual. Si fue la modernidad capitalista la que inauguró la universalidad y la globalidad por primera vez en la historia, lo que tenemos que hacer es dejar de confiar en que esa misma globalidad se hará cargo de los problemas que ha generado. El primer paso de una solución más que por iniciativas particulares tiene que pasar por una lucha política por la reducción de la escala a todos los niveles, por una fragmentación política, económica, vital, etc. que reduzca la potencia de las fuentes de nuestros problemas y nos permita atajarlos desde lugares diferentes y más accesibles.

Insisto en que esto no cambia el hecho de que la naturaleza de problemas como el cambio climático sea global. Pero creo que paradójicamente podría ser más sencillo hacer frente a los problemas globales en un marco más fragmentado y localizado que desde la escala global que ha estado en la raíz de nuestros problemas.

¿Cuál es el mayor instrumento de control en nuestra sociedad occidental?

Guau, la pregunta la verdad es que impresiona. Imagino que la respuesta depende mucho de qué entendamos por instrumento, pero si tuviera que decantarme por una opción diría que el instrumento de control más potente que existe hoy es la informática en un sentido muy amplio.

En las últimas décadas hemos sido testigos de una informatización progresiva de oficios, procedimientos, instituciones, relaciones, etc. Parece que cada vez más todo lo que existe tiene que venir mediado, en un punto u otro, por alguna de las múltiples pantallas ya a día de hoy omnipresentes. Tanto es así que el espacio virtual parasita muy intensamente a un espacio público cada vez más debilitado, y parece incluso aspirar a sustituirlo. Compras, conversaciones, relaciones amorosas, trámites burocráticos, estudio y un etcétera inquietamente largo. Casi todo parece tener ya su versión digital, su estrategia informática, su app.

Y de lo que casi nadie parece darse cuenta es de qué supone la extensión de una mediación tal. De hecho da escalofríos la escasa reacción que han suscitado los diferentes escándalos (Wikileaks, Snowden) que han visibilizado hasta qué punto nuestras vidas son hoy transparentes para las diferentes instancias de poder.

Maia C

Y el problema no es sólo la privacidad, o el control social en un sentido duro (que también, sólo hace falta ver el modo en que la gente puede acabar en la cárcel en base a sus tweets). La utilización de estas tecnologías lleva también aparejada la perpetuación del tipo de mundo que habitamos. Su producción requiere el mantenimiento de relaciones globales de injusticia, nos obliga a profundizar en el extractivismo, perpetúa el trabajo esclavo. Los residuos que generan inundan los países africanos, y el consumo energético asociado al uso de terminales y de la propia web es desmesurado. Aunque nos resistamos a creerlo, la supuesta economía inmaterial esconde un nivel de materialidad brutal. 

Eso por no hablar del modo en que los propios aparatos atacan de raíz la organización de la sociedad y nuestra propia constitución antropológica. ¿Cómo valorar el impacto de la presencia desmesurada de esos instrumentos en nuestras relaciones sociales? ¿Qué será de los niños y niñas que se educan hoy frente a la pantalla de un teléfono móvil? ¿Sabremos alguna vez volver a orientarnos, escribir o charlar con alguien en un bar sin necesidad de teléfonos móviles y ordenadores?

¿Tiene el sistema injusto en el que vivimos algún punto crítico a partir del cual podamos darle la vuelta? ¿Cómo podemos aprovechar sus características para alterar sus efectos?

No sé hasta qué punto es algo consciente o inconsciente, pero en tu pregunta detecto ecos del clásico esquema marxista de la emancipación social. La totalidad del sistema está caracterizada por una determinada negatividad que, de manera dialéctica, está destinada a superarlo. Ya sean los obreros explotados, los países del Tercer Mundo o los intelectuales, parece que la modernidad capitalista se esforzara por producir sin parar a enterradores que no terminar de dar con la pala y ya no saben ni qué enterrar.

Personalmente creo que es hora de superar cualquier tipo de determinismo, cualquier esquematismo de la revolución. Y eso pasa por asumir serenamente que puede que la transformación social sea algo que la gente simplemente no desea, y que por tanto no ocurra. Esto no debe confundirse con una negación del cambio social. El neoliberalismo es para mí indiscutiblemente un cambio que ha revolucionado casi todos los ámbitos de la vida, como de igual manera lo hace a día de hoy el nuevo islamismo militante. Tampoco supone pensar que podemos contar con algo más que las personas que somos y el mundo en el que vivimos. Sea lo que sea lo que hagamos lo haremos nosotros y nosotras, y lo haremos aquí.

Aclarado lo anterior, sí que pienso que existen muchos puntos que podrían en un momento dado convertirse en disparaderos de una transformación muy profunda. Creo que la que mejor ha captado en los últimos tiempos la ambigüedad de este presente, y en ese sentido la posibilidad de su vuelco, es Marina Garcés con su idea de condición póstuma. Los habitantes de los pueblos y ciudades de los países desarrollados, pero en muchos casos y mucho más intensamente los habitantes de banlieus, de ciudades miseria, etc. viven vidas nocivas en muchos sentidos. Los últimos de manera evidente por la indignidad de sus condiciones de vida, por la violencia, por la pobreza, por la opresión, por el racismo. Pero los primeros por el vacío de sentido, por el sufrimiento psíquico, por la precariedad, por la separación de la naturaleza, por la contaminación, por el aislamiento, por la ultramovilidad impuesta, etc.

Creo que más allá de lo urgente que es a día de hoy una transformación del mundo en que vivimos, sobran los motivos para que la misma sea deseable y deseada. ¿Tanto miedo tenemos al trabajo físico que supondría una apuesta por la autonomía material como para no ver las ganancias que una vida tal acarrearía? ¿Tan apegados estamos a los estándares de consumo y movilidad como para sacrificarles nuestra salud mental y física, nuestra seguridad vital y afectiva?

Muchas y muchos quizá sí, pero confío que otras tantas personas no. Serán (seremos) ellas precisamente las que podrán quizá dar forma al movimiento político que necesitamos hoy. Un movimiento que quizá ya no pueda parar lo peor de lo que está por venir, que tenga que aprender a vivir en un planeta dañado, pero que sí pueda hacer que esa nueva vida sea al menos lo más libre posible.

El viernes a las 18.00 h Jorge Riechmann hablará de “Ecosocialismo y barbarie”. A las 19.30 h Adrián Almazán analizará “La actualidad del ecologismo como propuesta de autonomía”. El sábado a las 10.00 h Emilio Santiago Muíño hablará de “Los frutos podridos de la economía política: releyendo los fragmentos de las máquinas ante la crisis ecológica”, mientras que a las 11.30 h Carmen Madorrán reflexionará “En torno a la Tercera Cultura: propuestas sobre una nueva Ilustración”. Tras un descanso, a la 13.00 h Jorge Riechmann presentará “Ecosocialismo descalzo”. Un ciclo de encuentros en La Casa Encendida el 15 y 16 de junio.

[1] “Todo ha sido dicho ya. Hay que repetirlo todo. Este único hecho abrumador podría conducir a la desesperanza. Parecería que la humanidad está sorda. Lo está, para lo esencial.”

[2] Cornelius Castoriadis, Una sociedad a la deriva: entrevistas y debates (1974-1997), trad. Sandra Garzonio (Buenos Aires: Katz, 2006), 265.

[3] Karl Marx y Friedrich Engels, Obras escogidas, vol. II (Madrid: Ayuso, 1975), 132.

¿Voluntariado puntual o continuo? ¡Tú decides!

Anterior

¿Voluntariado puntual o continuo? ¡Tú decides!
La ayuda al refugiado como responsabilidad compartida

Siguiente

La ayuda al refugiado como responsabilidad compartida

Suscríbete a la newsletter de La Casa Encendida

Suscribirme*

* Con esta acción aparecerá premarcada en el formulario la opción para recibir la newsletter