“¿La historia se repite?” Fábula del escorpión y la rana

Los paralelismos que el ciclo Fábula del escorpión y la rana establece entre dos décadas, la de 1930 y la actual, se concretan en imágenes que dejan pocas dudas respecto a la pertinencia del asunto. Todos los capítulos que se abordan a lo largo de cuatro sesiones (demagogia, nacionalismo, xenofobia, fascismo…) poseen imágenes icónicas, unas muy conocidas y otras menos. Todas ellas, no obstante, comunican, de una forma rotunda, de qué estamos hablando.

Me gustaría subrayar la pertinencia de varias de ellas, entre las muchas posibles. Una es, dentro del uso común que los demagogos de los años 1930 y los actuales hacen del cosmopolita como explotador del ciudadano medio, el recurso a los rostros desagradables, ampliados y deformados de manera expresiva, para denotar su perversidad. Las caricaturas fascistas, no solo alemanas sino de otros países, especialmente Francia, que hacían de los hebreos encarnaciones de la maldad bolchevique y también de la oligarquía internacional, ambos sospechosos de internacionalismo apátrida, presentaban intenciones y maneras similares a las usadas por Fidesz, el partido que gobierna en Hungría y presume de “democracia iliberal”. En su reciente campaña publicitaria contra la UE han presentado carteles con los rostros gigantescos y deformados de Jean Claude Juncker y George Soros, emblemas para ellos de organismos supranacionales.

De extranjeros y supranacionales trata también otra segunda relación documental, la que hay entre dos portadas de publicaciones. De 1938 es la de la revista sensacionalista francesa Detective, que alertaba a los nacionales del peligro criminal de inmigrantes y refugiados. De hace pocos años son portadas de periódicos españoles como ABC o La Razón, que también establecen una relación directa entre inmigrantes y criminalidad.

Un presente confuso y un futuro aciago es el pronóstico de los demagogos de ambas épocas. Lo cual se traduce con facilidad en un pasado esplendoroso supuesto. De esas imágenes están repletas ambas épocas: lo gótico como encarnación de una edad de oro para los nazis y la Francia de Juana de Arco para los lepenistas.

Aunque en ocasiones ese pasado se entrevera con virilidad cargada de emoción, como demuestran imágenes asociadas a líderes fascistas de entonces y de ahora. Si Hitler era descrito, en uno de sus retratos favoritos, como un guerrero teutón, firme y dispuesto al combate, Santiago Abascal se presenta al frente de sus huestes, gladiadores de una Hispania de Viriato y zarzuela.

Si el futuro está en el pasado, y si este es un tiempo a evocar, no es extraño que los fascistas actuales encuentren su inspiración en sus correligionarios de hace un siglo, y que los desfiles a la luz de las antorchas les parezcan símbolo de una época gloriosa y herramienta de uso propagandístico.

No es algo exclusivo de un partido sino que forma parte de la iconografía de la internacional fascista: Polonia, Hungría, España, Estados Unidos, Alemania, etc.

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