Visitas adaptadas: Otras miradas al arte

En el colegio siempre nos hacía ilusión ir de excursión. Eran días especiales: coger el autobús con tus compañeros sin saber en qué sitio te tocaría sentarte, la merienda que te habían preparado tus padres, descubrir un lugar nuevo. Esa misma emoción se veía en los ojos del grupo que vino a La Casa Encendida a disfrutar de una mañana de arte.

El programa de visitas adaptadas, en colaboración con el Grupo SAE, organiza recorridos por las exposiciones de La Casa Encendida para personas con discapacidad intelectual, con el propósito de incentivar en ellas la autoexpresión y la confianza. La responsable de las visitas y mediadora es Carmen Fernández Ortiz. En esta ocasión recibió a un grupo de habituales de la Fundación Jardines de España, que ya habían visitado exposiciones anteriores como ¡Vivan los campos libres de España!, de Antonio Ballester, y la colectiva El curso natural de las cosas.

En el Patio, Carmen les cuenta algunas curiosidades del lugar que han venido a visitar: en qué año se construyó, por qué se llama La Casa Encendida, qué se hace aquí y lo que van a ver a continuación, es decir, las exposiciones Geografía física y humana, de Anna Bella Geiger, y Dibujando una revolución, de Marcel Dzama.

Comienzan por la de Anna Bella Geiger. Nada más entrar en la sala se oye alguna exclamación: ‘¡Hala, cuántos mapas!’. Los mapas de Geiger son lo primero que llama la atención de nuestros visitantes. Algunos de ellos son expertos en banderas y en seguida reconocen la de Brasil como la que más destaca.

Carmen parte de ese interés para explicarles lo que quiere expresar la artista a través de los dibujos, y cita: “dibujar un mapa es trazar los esquemas del poder”. Geiger habla sobre el concepto político de Brasil mediante sus dibujos, intenta mostrar que el mundo debe volver a escribirse desde una mirada diferente. Se cuentan anécdotas de la infancia de Anna Bella, cómo le gustaba fijarse en los mapas y su gran afición por el dibujo. Carmen pregunta a los visitantes “¿Qué os gusta hacer a vosotros?”

A mí me gusta pintar, dice Laura, “pinto lo que me gustaría que fuese mi vida, muestro lo que quiero a través de mis dibujos”.

“Es una forma de crear mi propio mundo”, añade Juan Antonio.

Poco a poco van creando la visita entre todos, relacionando la obra con lo que sienten en su día a día, en su propia faceta de artistas, con lo que ven a través de sus ojos. Una mirada que se fija en detalles que otras personas darían por descontados.

La luz íntima de la sala favorece un ambiente cercano en el que van aflorando los sentimientos. Algunos hablan de ellos, otros deciden guardárselos para sí. Unos se acercan para ver mejor las obras, otros prefieren verlo con una perspectiva más distanciada, pero todos parecen inmersos en la exposición.

Decidimos continuar y subimos hacia las salas A, B y C, donde se encuentra la exposición de Marcel Dzama. Por las escaleras nos cruzamos con un grupo de escolares. Ambos grupos se miran maravillados entre ellos, como si no existiera la edad.

Pasean por la sala, comentan entre ellos, piensan, se ríen y observan. Algunos están impacientes por escuchar qué tiene que decir Carmen sobre este artista y sus personajes. Se van reuniendo frente al gran mural. Entre todos llaman a Manoli, que se ha quedado atrás, pero ella está demasiado inmersa en los pequeños dibujos de Dzama y no escucha; cada uno necesita su tiempo.

En su explicación, Carmen les muestra cómo dos artistas tan distintos tienen algo muy importante en común: expresan su propia realidad a través de sus dibujos. ¿Qué les llama la atención? A alguno el tamaño de los cuadros comparados con los de la otra sala (estos son mucho más grandes), a otro los colores más vivos y a varios la técnica del collage. De las obras más pequeñas, pasamos al gran mural. Se quedan perplejos cuando les cuentan que el artista pasó tres noches enteras pintando esta gran pared.  “¿Pero luego no está cansado?”,  pregunta Pablo. Todos se ríen y asienten.

El mural ocupa gran parte de la visita, se esconde mucho entre esa pintura azul: hojas, cabras, pelícanos o gatos son algunos de los animales que se encuentran y van nombrando en alto. Los más tímidos se van animando gracias a sus compañeros y a la mirada alentadora de Carmen. No todos ven lo mismo: en un dibujo se puede apreciar un tigre y un búho al mismo tiempo. Debaten entre ellos sobre lo que es realmente. El arte admite todas las interpretaciones posibles. Continúan hablando sobre los animales de Dzama: “La cabra tira al monte”, dice Julia con las consecuentes carcajadas de todos. Se explican las obras entre ellos y depende del momento se escuchan o no. Algunos se separan del grupo porque otras obras les llaman más la atención: cada uno es libre de hacer lo que sienta. “¿Con qué animal os sentís más identificados?”, pregunta Carmen.

“Yo con el pelícano, por guapo”, responde Pablo.

“Yo soy el búho porque soy nocturno”, añade Miguel.

Aquellos que no suelen hablar de repente recitan una poesía, como Carlos, que hace un resumen improvisado del mural, maravillado por la naturaleza y los colores, impresionando a su monitor y a los que les acompañamos.

Carmen considera que es importante ir preguntando cada poco tiempo qué es lo que ven para mantener su atención. Están tan concentrados que se obsesionan con el sonido: “Shhh”, me dicen cuando paso las hojas de mi cuaderno.

Del gran mural pasamos a la sala de las pequeñas obras, donde se reúnen cientos de pequeños personajes que entre todos hacen un gran conjunto. “¿Cómo puede expresar arte en algo tan pequeñito?”, se pregunta Pablo.  “Eso es arte”, le contesta Juan Antonio. En esta ocasión lo que más les llama la atención son los materiales con los que se han hecho las obras, materiales reciclados en ocasiones y en otras un finísimo papel.

Hacen sus propias reflexiones sobre las obras de Marcel, aplicándolas a la política o a su vida en la Fundación, captando rápidamente la esencia del artista. Se sienten identificados con los pequeños personajes:

 “Yo soy el vampiro porque quiero volar”, expresa Manoli.

En una exposición llamada Dibujando una revolución es imposible no hablar de lo que es para ellos una revolución: se hace referencia a distintas épocas de la historia, como la Revolución francesa o la rusa, pero también aparecen las palabras fuerza o amor. Una revolución a través del diálogo y el baile es lo que les parece más adecuado en conjunto. Para finalizar, Carmen quiere saber qué es lo que más les ha gustado de esta visita: “A mí me gusta mucho porque da mucho que pensar”, “Me gustan los animales y aquí hay muchos”, “A mí el mural, porque es azul”, “El azulito, es dificilísimo pintar eso”, “Me ha dado mucha impresión”.

Diferentes opiniones para una misma visita; estas exposiciones han despertado algo en todo el mundo. El arte tiene que ver con eso, con la creación de un espacio común de diálogo y reflexión.

Más información sobre el programa de visitas adaptadas para personas con discapacidad intelectual.

¡Ya está bien de todo!

Anterior

¡Ya está bien de todo! "La era detox", por Ignacio Ramonet
Voluntarios por Europa

Siguiente

Voluntarios por Europa

Suscríbete a la newsletter de La Casa Encendida

Suscribirme*

* Con esta acción aparecerá premarcada en el formulario la opción para recibir la newsletter